Tenemos delante un esquema que intenta explicar cuál es lo esencial de la vocación al Carmelo Ecuménico. Lo titulamos "La urdimbre básica de una vocación", porque creemos que la imagen de la urdimbre nos permite comprender mejor este contenido. La urdimbre es ese primer trazado unidireccional de los hilos que se hace en un telar, a partir del cual, de forma transversal, se van pasando con la lanzadera los otros hilos, para ir formando el tejido. La urdimbre es el soporte básico del tejido, la que de alguna manera va a condicionar todo lo que se haga después. Es como lo básico, lo fundamental, la estructura que soporta todo lo demás.

I

El Carmelo Ecuménico, como vocación dentro de la Iglesia , tiene TRES DIMENSIONES fundamentales, e irrenunciables, que se tienen que integrar en armonía:

* Una dimensión FRATERNA/COMUNITARIA. Cuando somos llamados al Carmelo Ecuménico somos llamados con otros, convocados, para formar una fraternidad, una comunidad cristiana con una vocación específica. La Iglesia es una "Comunidad de comunidades", y el Carmelo Ecuménico es, dentro de la Iglesia , una comunidad, pequeña, naciente diría Jesús, como ese grano de mostaza que es aparentemente insignificante, apenas perceptible, pero que está llamado a crecer y a convertirse en un gran árbol. Así son todas las obras de Dios, porque así es el Reino. Nosotros, pues, somos una fraternidad, una comunidad. Y esta dimensión fraterna/comunitaria, que nos hace compartir la vida, que nos hace compartir vocación, ilusión, proyecto, misión, tareas, es fundamental.

* Otra dimensión esencial es la dimensión ORANTE. Somos "Carmelo". y como Carmelo, entramos a formar parte de una gran familia dentro de la Iglesia. Una familia antigua nacida de la búsqueda apasionada de Dios, en los lugares bíblicos de Israel, y que encuentra, en un momento determinado de su historia, un nuevo impulso contemplativo-orante-eclesial en Teresa de Jesús y en Juan de la Cruz , dos grandes maestros espirituales que marcan el Carmelo con un carisma renovado y con una fuerte llamada orante-contemplativa. Bajo su estela, otros autores y maestros van apareciendo en el Carmelo y aportando riqueza a esta gran tradición espiritual con la que hemos de sentimos cada vez más identificados.

* Y hay otra dimensión: la dimensión ECUMÉNICA, que es fundamental en el Carmelo Ecuménico. Esa sensibilidad eclesial, desde la experiencia de Dios, se abre a todos aquellos que, lo sepan o no, son llamados a convertirse en hijos de Dios. En primer lugar, a todos los hermanos de nuestra Iglesia, a todos los cristianos de otras confesiones, a todos los creyentes de otras religiones, y en última instancia a todos los hombres que Dios nos ha regalado como hermanos, y con los que, en definitiva, tiene un único proyecto que es formar la gran familia de sus hijos, familia fraterna, una gran humanidad nueva en Cristo Jesús.

II

Ahora deberíamos preguntamos: ¿Cuál es, entonces, "el alma" del Carmelo Ecuménico? ¿Cuál es la urdimbre fundamental que nos permite vivir en plenitud, desde la raíz, con pleno sentido, con total vitalidad, estas dimensiones esenciales del Carmelo Ecuménico, esta vocación nuestra dentro de la Iglesia ?

En nuestro esquema encontramos seis conceptos. En el centro, en vertical, leemos: AMOR, APERTURA, DIÁLOGO, COMUNIÓN. Y en horizontal, atravesando el esquema, ACOGIDA y ENTREGA.

Creemos que la urdimbre fundamental del Carmelo Ecuménico está formada por este eje que es el AMOR que desemboca en la COMUNIÓN. La vocación al Carmelo Ecuménico, como toda vocación cristiana, como toda vocación humana, es una vocación al amor. El amor que es Dios. El amor que es, desde Dios, la esencia de todo lo creado. Todo lo creado es una manifestación del amor de Dios. Cada ser humano es una expresión del amor de Dios. Y toda la obra de Dios con la humanidad, toda la historia de la salvación, es una historia de amor. Nuestra vocación es una vocación al amor. Ser llamados al Carmelo Ecuménico es ser llamados al amor.

Pero el amor, ¿cómo se expresa? El amor se expresa como APERTURA. El amor siempre "abre" al ser humano, siempre abre a la persona. La persona se abre desde el amor y hacia el amor. Ser llamados al Carmelo Ecuménico es ser llamados al amor, es ser llamados a la apertura. La apertura que es todo lo contrario del repliegue en sí mismo, de la cerrazón, de la estrechez de miras, del encapsulamiento, del ensimismamiento, de la auto-contemplación, de la auto-complacencia. Seremos carmelitas ecuménico s en la medida en que, por el amor, vivamos "abiertos".

Entramos ahora en el "biorritmo" del amor. Este amor que se expresa como apertura, se desarrolla, se vive, en este doble movimiento, que es como el doble movimiento sistólico y diastólico del corazón. El doble movimiento del amor como apertura es la ACOGIDA y la ENTREGA.

Vivir abiertos desde el amor significa vivir en ACOGIDA de los demás, acogida del otro, del distinto, del diferente, del singular. Cada uno de nosotros es una obra única e irrepetible de Dios. No podemos, pues, vivir en un amor que sea apertura si no vivimos en acogida. Acogida que es todo lo contrario de rechazo, de recelo, de oposición, de contraposición. Que el amor nos abra en una acogida sin limites, en una acogida sin prejuicios, en una acogida cordial. Como Dios nos acoge. San Pablo dirá: "sed acogedores los unos con los otros, como Cristo os ha acogido en nombre de Dios" o "como Dios os ha acogido a vosotros en Cristo Jesús". Llamados al Carmelo Ecuménico, somos llamados a un amor de apertura en la acogida incondicional del otro.

Pero esta acogida se corresponde con la ENTREGA de nosotros mismos. Acoger al otro es, simultáneamente, entregamos al otro. También aquí la entrega sin fronteras, sin condiciones, sin prejuicios, sin complejos, sin medidas. En la medida en que seamos abiertos para acoger al otro, en esa misma medida seremos abiertos para damos al otro, para entregamos a él, para ofrecemos como un don. Porque si el otro, cualquier hermano, cualquier hombre, cualquier persona, es un don de Dios para mí que tengo que acoger, también yo soy para el otro un don de Dios que tengo que ofrecer, que tengo que entregar. Sin preocuparme si soy acogido o soy rechazado; eso no tiene que condicionarme. Lo único que me tiene que condicionar es la dinámica del amor, en apertura permanente, en entrega incondicional; lo mismo que Dios no se deja condicionar por nuestra actitud abierta o cerrada ante él, sino que siempre está abierto a nosotros, volcado hacia nosotros, entregándose a nosotros, acogiéndonos incondicionalmente, llamando a nuestra libertad: nunca la fuerza, siempre la respeta, pero la presiona con esa suave y persistente presión del amor que es pura disponibilidad incondicional para el encuentro.

Cuando vivimos en amor, en esta apertura, cuando lo vivimos en este biorritmo de acogida y entrega, entonces es posible el DIÁLOGO. El diálogo se da cuando dos o más se colocan frente a frente, en una actitud acogedora y entregada, intercambiando no lo que piensan, no lo que creen, sino intercambiando lo que "son". El verdadero diálogo ecuménico es un diálogo de amor, es un diálogo de encuentro, es un diálogo donde cada uno se convierte en "palabra" para el otro. No "dice" palabras, él "es" palabra. Yo soy una palabra de Dios para los demás, y cada uno de mis hermanos, los hombres, es una palabra de Dios para mí. Si nos entregamos mutuamente, entonces se dará este diálogo en reciprocidad, nos enriqueceremos con la riqueza que cada uno de nosotros entraña. Más allá de lo que yo soy en mí mismo, más allá de lo que tú eres en ti mismo, somos una palabra de Dios que se nos regala a través del otro. Este diálogo de amor es encuentro, es AMISTAD.

La vocación al Carmelo Ecuménico es una vocación al diálogo. Necesitamos "talante de diálogo" desde la apertura. Necesitamos "talante de amistad". "Amigos fuertes de Dios" nos quería Teresa de Jesús. Y los amigos fuertes de Dios están llamados a ser "amigos fuertes" entre sí: "aquí todas han de ser amigas" les decía a sus hijas y hermanas. Pues siendo amigos fuertes de Dios, abiertos al amor de Dios, nos abrimos en amistad y en diálogo a los demás, en esta dinámica permanente de apertura, en este biorritmo amoroso de acogida y entrega incondicionales, permanentes, en interacción fluida y constante.

Cuando nos expresamos así, en diálogo de amistad, en diálogo de amor, podremos llegar a la COMUNIÓN. La comunión que es respetuosa del otro, que nunca es absorción del otro, ni anulación del otro. Tampoco es anulación de mí mismo. La comunión es respeto de las identidades que se integran en un amor que siempre suma y nunca resta, en un amor que integra en familia, en comunión, en comunidad, en cuerpo orgánico: en el Cuerpo del Señor. Esa es la verdadera comunión que es la expresión plena del amor. Jesús lo expresaba así: "Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti; que sean completamente uno, plenamente uno".

Creemos que la vocación al Carmelo Ecuménico tiene aquí su urdimbre fundamental. Vocación al AMOR como APERTURA, vocación al DIÁLOGO que desemboca en la COMUNIÓN , vocación que se desenvuelve y desarrolla en la ACOGIDA del otro, en la ENTREGA de sí mismo.
Todo esto exige una gran conversión interior. Exige una gran vigilancia interior, para no complacemos en nosotros mismos, para no relegarnos en nosotros mismos, sino para vivir realmente en este biorritmo de Dios que es el amor de comunión.

III

Finalmente, todo esto, toda esta dinámica interna, esta urdimbre, este alma espiritual del Carmelo Ecuménico, se tiene que encarnar en estas tres dimensiones que hemos dicho, y a estos tres niveles: en la oración, en la fraternidad y en el ecumenismo.

La ORACIÓN es una llamada de amor, es una invitación al diálogo con Dios para entrar en comunión vital con él. Dios se abre ante nosotros y se nos entrega, nos da su amor: se nos da. Y en la oración nos invita a que, en su presencia, ante él, nos abramos, consintamos a su amor, acojamos a este Dios que se nos da, y, desde ahí, consintamos en entregamos a él sin reservas. Entonces la oración se articula como apertura, como diálogo, comunión, porque se realiza en la acogida y la entrega recíprocas con Dios.

Lo mismo la dimensión de la FRATERNIDAD entre nosotros, cada vez amándonos más, queriéndonos más, dejando que el amor abra nuestras barreras, nuestros límites estrechos, nos ayude a superarlos, nos haga corazones acogedores, verdaderos hogares para los hermanos, y así podamos acogemos y entregamos, vivir en diálogo permanente donde todo es compartido, y donde mi ser entra en comunión con el ser del hermano.

y también la otra dimensión, fundamental para nosotros, del ECUMENISMO. Estamos convencidos de que el verdadero ecumenismo no es un problema de ideas, no es un problema de estructuras eclesiásticas, no es un problema de dogmas, no es un problema de derecho canónico, no es un problema de liturgias. El verdadero ecumenismo es un problema de amor. Centrados en el amor de Dios, abiertos al amor de Dios, él nos abre al amor de los otros hermanos. El "que todos sean uno, ...perfectamente uno" sólo es posible en el amor: "que el amor que tú me tienes esté en ellos, y que sepan que les has amado como me has amado a mí".

Cuando nos abrimos al amor de Dios, lo acogemos, nos entregamos a él, Dios nos abre desde dentro a los demás, al otro, al diferente, en una actitud verdaderamente ecuménica que nace del amor, que nos implica totalmente, que nos introduce en este diálogo de acogida y entrega recíprocas donde somos enriquecidos con el don del otro, y donde se crea y se restablece y potencia este deseo de comunión que Jesús nos ha comunicado como alma de su movimiento, de su comunidad, de su proyecto, de su Iglesia.

Esto, en síntesis, es la vocación al Carmelo Ecuménico. Y esta es su urdimbre fundamental. Este es el espejo en el cual debemos de miramos, para encontrar día a día nuestra verdadera identidad, nuestro lugar en la Iglesia , y sobre todo para encontrar ese impulso del Espíritu Santo al cual debemos abandonamos con docilidad, tanto personas como comunidades que tratan de vivir de cara a Dios, de cara a los demás, de cara a todos, desde un amor que es apertura, que lleva al diálogo a través de la acogida y de la entrega, y que nos conduce hacia una comunión cada vez más plena. No una comunión inventada por nosotros, sino esa verdadera comunión con el Padre y con el Hijo, que sólo el Espíritu Santo puede realizar en nuestros corazones.